Se llamaba Marek, un chico de Chequia.
Parecía como si estuviera fuera de lugar en ese pedazo de tierra juerguista en medio del Mediterráneo. Lo recuerdo muy alto, desgarbado, extremadamente delgado, el espíritu de la golosina hecho hombre. Vino a Creta con una beca para continuar su tesis doctoral sobre simulación de sistemas, pero en seguida prefirió robar toda la belleza de la isla con su cámara digital en lugar de estudiar la ficción de una entelequia. Hacía fotos de todos y de todo. De la extraña nevada que nos cayó a nivel del mar en Febrero en la isla más meridional de Europa, de las guapas mujeres griegas, de las fiestas, de los viejos, de las innumerables y bellísimas gargantas que surcan la castigada piel de la cuna varada en el mar de nuestra civilización... Y la música, le fascinaba la música griega. Realmente tenía habilidad para captar lo más hermoso de esa Tierra Bendita.
No, no es el cambio climático en Creta...Era un chico raro, muy raro, la gente pensaba que estaba loco. Cuando reía, su boca apenas se torcía para hacer la mueca de la risa, pero recuerdo que contaba anécdotas muy buenas aderezadas con su "Oooohh Yessss!!" extremadamente grave y retumbón. Decían que era raro, nuestros amigos griegos se preguntaban que como podíamos juntarnos con él, abrirles nuestra casa siempre que él quisiera. Hasta mi amigo Manolo admitió, una noche en una de esas playas vírgenes paradisíacas del Mar de Libia, que era pero que muy raro; eso sí, buena gente que te cagas.
Recuerdo que era un día frío de Marzo cuando vino a nuestra casa junto al mar con varias cervezas y entonces vio nuestro jamón serrano, el cual había recorrido 3.500 kms en el maletero de mi humilde 206. Creo que fue precisamente en ese momento, mientras Nacho cortaba y cortaba y yo le explicaba muy orgulloso al chico checo las bondades de la dieta mediterránea aderezadas con un jabuguito bien curado, cuando nos reveló que era vegetariano. Nuestra reacción fue la de casi todos cuando se encuentran a una persona que no acepta, no puede o no quiere comer carne ni pescado. Al principio incredulidad, luego casi pasamos al ataque. Que por qué, que qué barbaridad, que si no sufres, ¡que qué raro eres, ostia, Marek!
Aguantó el chaparrón como un campeón y se tomó religiosamente sus zumitos de cebada. Aún no recuerdo como fue, no sé si yo le admiraba o le repudiaba, si me convenció o me convencí yo solito, pero al poco yo ya me negaba a comer carne. No obstante, la aventura duró sólo unos meses. A la vuelta a España mi mamá que me mima mucho me vio demasiado delgado y la carne volvió a entrar en mi cuerpo (Intenten luchar con una madre que te ve delgado, ¡oigan!. Olvidé a Marek, olvidé el bienestar que experimentó mi organismo, olvidé las luchas dialécticas con los carnívoros
devorasuvlakis griegos, olvidé que ser vegetariano, aunque sea comiendo también huevos y derivados lácteos, es no sólo una opción personal y un saludable hábito de vida, sino un favor que se le hace al Medio Ambiente. Lo olvidé prácticamente todo.
Todo menos a Marek Gaye, ese raro chico de Chequia que me hizo ver cuán raro es el mundo, lo raro que soy yo y lo raro que es no ser vegetariano en este mundo egoísta y criminal que se va al carajo por el desagüe mientras exprimimos las vacas a la orilla del río Houston y 25.000 personas mueren al día de hambre,
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A aquellos que les parezca una temeridad, les diré que he conocido personas adultas, veganas de nacimiento, perfectamente sanas y creciditas. En concreto me acuerdo de una alemana de 1.83 que hacía girar la cabeza en la calle a más de uno.
Hay quienes optan por este estilo de vida por razones de salud, otros quienes lo hacen por ser coherentes con su postura ecologista y otros quienes lo hacen por respeto a las vidas de los animales no humanos. Lo que nunca imaginé es que ser vegetariano y el cambio climático son
conceptos relacionados debido a la ganadería bovina.
Bromas (o no bromas) aparte, hay muchas razones medioambientales y sociales para defender este estilo de vida.
Se calcula que 800 millones de personas en el mundo están para morirse de hambre, mientras se da a comer granos y legumbres a los animales que serían suficientes para salvar esas vidas.
Millones de hectáreas de selva y bosque son destruidos cada año, cuando se convierten en tierra de pastoreo y en cultivos que se utilizan exclusivamente para alimento de animales.
La mitad de la pesca mundial va para alimentar ganado, el 91% del maíz, el 77% de la harina de Soya, el 64% de la cebada, el 68% de la avena y el 99% de las cosechas de sorgo.
Se ha estimado que la contribución del ganado a la contaminación del agua supera más de diez veces a la de los humanos y más de tres a la de la industria
Un solo dato: cada kilogramo de carne ha necesitado 1.000 litros de agua para formarse y otros 100 de alimentos vegetales. Un kilogramo de cereal sólo precisa 100 litros y unos pocos gramos de abonos
Por cada hectárea de tierra dedicada al consumo humano, se dedican 20 a la alimentación del ganado
En Estados Unidos, la mitad de las hectáreas cultivadas son para producir alimento para animales (sin contar lo invertido en la alimentación de mascotas domésticas)
Para producir un kilo de carne de vaca se necesitan 16 kilos de granos y forraje. Dicho de otra forma, los vegetales necesarios para que una persona coma carne vacuna son suficientes para que 16 personas pudieran mantenerse comiendo directamente esos vegetales. Esa relación de 16:1 para la carne vacuna, varía en otros alimentos como el cerdo (6:1), el pavo (4:1) o la gallina (3:1).
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